Si te parece bien vamos a degustar tres chuletas de buey de distintas razas con diferentes maduraciones. Al final, terminaremos con otra pieza peculiar que tenemos fuera de carta”, me comentó Alberto Guijarro. El menú, elaborado por su hermano Jorge, el menor de la familia, se convirtió en un monumental homenaje a la carne de buey incluido un consomé de alta escuela de los que ya no se encuentran. En compañía de mi amigo Mikel Ceberio y de la familia Guijarro acababa de tomar acomodo en el restaurante La Brasería de Cuéllar, todavía conmocionado por la visita que habíamos realizado a la finca Terrabuey momentos antes. Un verdadero parque temático con decenas de bueyes de razas diferentes pastando en libertad de forma plácida.

Reconozco que de no ser por la insistencia de Ceberio tal vez habría pospuesto la visita a esta explotación a la que llegué con cierto escepticismo a pesar de sus comentarios. “Te vas a pasear entre 100 bueyes de distintas razas, algunos con dos metros de altura. Se encuentran en una finca que no comercializa la carne, solo suministra piezas para su propio restaurante”, me había asegurado.